lunes, 4 de abril de 2011

El abrió los ojos siendo ya tarde. (1)

Él la observaba escrupulosamente, analizaba cada uno de sus movimientos. Ella se retorcía inconsciente de que era el objetivo de unos serenos ojos. Él la rodeaba con sus brazos y siempre jugaba con los rizos de sus cabellos, la comenzaba a besar hasta que ella estaba totalmente deseperezada y entonces, sucedía, abría sus ojos, le sonreía tiernamente y le devolvía el beso. Un beso llevaba a otro degustaba sus labios fugosamente, la ropa comenzaba a sobrar, miradas complices, caricias, cualquier gesto era importante en ese secreto, en su secreto. Suaves suspieros, muelles que crujían y tras llegar al éxtasis, el tiempo se detenía; ella tenía la mirada perdida y él recorría cada centímetro de sus figura con las yemas de los dedos. Pero esto ya pertenece al pasado es tan sólo un recuerdo.
Un día tras esta unión se durmieron y cuando los rayos del sol bañaban su rostro, ella, ya no estaba a su lado. Lentamente se acercó al balcón, tampoco se había sentado ahí tal y como solía hacerlo. Fue hasta el baño y ni rastro de ella. Dispuesto a volver a la cama vio un sobre amarillento sobre la almohada. Lo abrió lentamente. Su corazón se detuvo por un instante y de repente unas palpitaciones agudas le oprimian el pecho. Leyó detenidamente la carta, fijandose en la forma en la ortografía, en las delicadas líneas; su mente detalló cada uno de los renglones y más tarde con gran furia mezclado con decepción, lo tiró.

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