Él la observaba escrupulosamente, analizaba cada uno de sus movimientos. Ella se retorcía inconsciente de que era el objetivo de unos serenos ojos. Él la rodeaba con sus brazos y siempre jugaba con los rizos de sus cabellos, la comenzaba a besar hasta que ella estaba totalmente deseperezada y entonces, sucedía, abría sus ojos, le sonreía tiernamente y le devolvía el beso. Un beso llevaba a otro degustaba sus labios fugosamente, la ropa comenzaba a sobrar, miradas complices, caricias, cualquier gesto era importante en ese secreto, en su secreto. Suaves suspieros, muelles que crujían y tras llegar al éxtasis, el tiempo se detenía; ella tenía la mirada perdida y él recorría cada centímetro de sus figura con las yemas de los dedos. Pero esto ya pertenece al pasado es tan sólo un recuerdo.
Un día tras esta unión se durmieron y cuando los rayos del sol bañaban su rostro, ella, ya no estaba a su lado. Lentamente se acercó al balcón, tampoco se había sentado ahí tal y como solía hacerlo. Fue hasta el baño y ni rastro de ella. Dispuesto a volver a la cama vio un sobre amarillento sobre la almohada. Lo abrió lentamente. Su corazón se detuvo por un instante y de repente unas palpitaciones agudas le oprimian el pecho. Leyó detenidamente la carta, fijandose en la forma en la ortografía, en las delicadas líneas; su mente detalló cada uno de los renglones y más tarde con gran furia mezclado con decepción, lo tiró.

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